Sin trabajo, con dignidad


Llega julio. Y cada vez son más los jóvenes que se plantean trabajar durante el verano para poder sobrevivir los meses de inverno; sobrevivir: palabra cada vez más usada en nuestro vocabulario cotidiano.

Desde mayo o junio ya están echando currículums, engrosando los cajones de los restaurantes, chiringos o bares en los que saben de antemano, que el trabajo será arduo y que no siempre estará bien pagado. Pero todo sea por respirar un poco mejor en septiembre.

Así empieza esta historia, que no es más que la repetitiva situación de una lamentable realidad en España. Acabada la carrera, como miles de jóvenes, y medio virgen en esto de cotizar, se abren las puertas de difícil mercado laboral, cada vez más azotado por las reformas.

Nadie dijo que fuese fácil, claro está, pero para uno menos que otros: como ha ocurrido siempre. Llegué a Rota (Cádiz) motivada por una oferta de trabajo en la que me proponían un contrato “apalabrado” de 900 euros al mes, con un horario de 8 a 10 horas diarias con un día de descanso. De antemano me dijeron que sería mucho trabajo, pero lo acepté.

La necesidad y ansias por continuar formándome en un país cada vez más deshabitado por profesionales, me llevaron a rechazar unas prácticas no remuneradas, y el día uno de julio, después de miles de peripecias para cerrar el expediente académico, estaba llegando al local.

Al principio prescindieron de mí, -el verano aún no había llegado y no se estaba haciendo caja suficiente para incorporar a una empleada más-, a los tres días me llamaron y ahí empezó la debacle de la que no todos consiguen salir.

El título deja de valer tras una barra y toca negociar el precio de tu dignidad.

Con el delantal ya puesto y sin tiempo para conocer en qué condiciones estaría fui encadenando horas. Primero 10, luego 12, luego 14. Horarios que bailan, salario que no se concreta y que muy lejos queda del inicial, jefes que no aparecen; y contrato que no llega.

La caja no supera las expectativas esperadas y entonces, siguiendo el modus operandi de este país, toca que los trabajadores hagan un esfuerzo, echen más horas y ganen menos “somos una piña en este negocio”, nos dicen: “Pero no os olvidéis que trabajáis para mí”. La productividad llevada a su máxima expresión y las amenazas como moneda de cambio. El lado más feroz del capitalismo impulsado no por uno, sino muchos empresarios que se aprovechan de la cobertura legal que les ha permitido el Estado.

Aguantar. Es la palabra más usada entre los compañeros y uno acaba creyéndoselo; eso es lo más terrible. Hasta que tímidamente alzas un poco la voz, pides que se reajusten los horarios, que se replanteen los sueldos. “Son una condiciones infrahumanas”, comento. Una llamada al día siguiente: “no te necesitamos más”. No hay contrato, ni indemnización, ni explicación. Una más a la calle, pero eso no importa, seguirán llamando a jóvenes ilusionados y dispuestos a trabajar por una miseria.

Se ve que en este país nos han hecho dóciles, sumisos, conformistas y afónicos. “Yo no quiero problemas, no quiero complicaciones”, escuchas. Pero la realidad está muy por encima de las frases hechas. Los contratos basura están a la orden del día, el cobro en negro y nada de bajas por enfermedad, así funciona el gremio hostelero; que no es el único. Los seguros sociales se han convertido en el privilegio de unos cuantos y mientras, continúan las irregularidades, los desméritos, los abusos y la explotación.

El miedo. Otro factor clave en eso de ganar dinero. Tenemos miedo. Miedo a levantar la voz, a que nos escuchen, a revindicar nuestros derechos. Porque cuando uno se lanza a serlo es criminalizado por muchos otros que aguardan a que la situación cambie por sí sola. Y cuando esto ocurre es acusado en la mayoría de los casos de sindicalista, de exaltador, de peligroso y por qué no; también de rojo.

Etiquetas que nos impulsan a actuar de una determinada manera en esta sociedad cada vez más catalogadora. Lo lamentable de esta situación es que solo uno de diez mil hablará y será maltratado, humillado y obligado a emigrar.

Da igual de qué lugar hablemos, quien sea la víctima en esta ocasión, no importa si encontró otra cosa o si el negocio sigue funcionando a pesar de maltratar a sus empleados. Lo alarmante son las cientos de historias que se esconden tras una barra, una cocina, una camioneta o un restaurante de comida rápida.

Personas que no tienen más oportunidades, o les han hecho creer que no las tienen, y se aprovechan de su situación. Porque este no es un caso individualizado, sino una réplica de la barbarie de la que día tras día somos cómplices en un país que dice ser desarrollado.

Publicado el 29 de julio de 2014 en: RotaAlDia

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