Caminando a nunca jamás


“Segunda estrella a la derecha y directo hasta el amanecer”

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Aquella mañana el reloj sonó temprano, tardé en darme cuenta que era sábado y que estaba en Perú. Poco a poco fui deshaciéndome de las sábanas y entrando en calor. Preparé los bocadillos: dos para el almuerzo y dos para la cena, un plátano para media mañana y algunas galletas por si apretaba en el hambre. Entre tanto envolver, recoger, cocinar y fregar casi me coge la hora. Salí con la mochila demasiado cargada para una sola noche y paré un moto-taxi de esos que llevan la puerta abierta y el plástico no te deja ver por dónde vas.

Habíamos quedado en casa de la directora de CANAT (Centro de Apoyo a Niños, Adolescentes y Trabajadores), una ONG sin ánimo de lucro que interviene en varios proyectos de apoyo a la reinserción de los niños y jóvenes en riesgo de exclusión social por extrema pobreza. Todavía no conocía a Gabi, pero amablemente me había invitado a asistir a una de las actividades que realizan los sábados en La Tortuga, centro poblado de Paita, en Sechura.

Allá CANAT mantiene una ludoteca, de las dos más que ya tiene en otros asentamientos de la localidad. Cada sábado, una camioneta recoge en el barrio de Miraflores (Piura) a los voluntarios que vuelven a ser niños. Aquel día en la camioneta contamos 21, no tardamos en encontrarnos con historias que traía consigo cada pasajero que subía. Algunos, veteranos ya en las actividades con CANAT, como la señora Flora, próxima a cumplir los 79 años, para otros, primera toma de contacto con una realidad que no deja de sorprender a cada paso.

El primer tramo del trayecto se hizo sin demasiado inconveniente, sin embargo el paisaje no deja de atrapar a las miradas foráneas. Conforme avanzábamos, el entorno se hacía más árido, más seco y más expansivo. Pronto dejamos la carretera atrás, como en casi todos los camino del Perú y empezó la trocha, impidiéndonos coger el sueño.

El caserío nos sorprendió –a algunos más que otros- por sus barcos gigantes paseando sobre el espeso y rojizo desierto piurano. El olor me hacía sentir familiaridad con la costa gaditana, aunque pronto recordé que no conocía el pacífico. Varios niños fueron subiendo a la camioneta conforme parábamos. Pronto entendí que muchos de ellos, llevaban toda la semana esperándonos para ir a la playa.

Una vez organizados, bajamos a la primera caleta: entrada y salida de pescadores. El mar estaba revuelto y el cielo grisáceo pero enseguida nos esparcimos por la totalidad de los bajos del acantilado. Nos acompañaban Roxana y Chiqui, dos amigos de avanzada edad con discapacidad que participan de las actividades como si fueran niños; porque si algo consigue CANAT es llevarnos al país de nunca jamás, aunque sea en la instantaneidad que nos permita nuestro cuerpo y sentidos.

Hubo futbol, peluquería, cantos, bailes, comilona y baños en el mar. La mañana se fue deshaciendo entre intercambio cultural y a las 3:00 pm- hora de ludoteca-, pusimos rumbo al “trabajo”. Algunos usaron las dos horas siguientes para hacer un campeonato de fútbol, los menos hábiles con los pies, nos quedamos ideando una estrategia para que los niños volvieran a interactuar con la ludoteca; con su infancia, ya que mucho han persistido y vuelto a sus quehaceres laborales o domésticos.

Conformamos un pequeño grupo y cada voluntario ideó un juego donde la tierra y el polvo era nuestra principal aliada. Las horas pasaron rápido y dimos la despedida al día, no sin antes habernos llevado alguna que otra sonrisa mellada.

El sol caía mientras caminábamos a la playa roja. Dicen que todo el que baja por la fractura de sus paredes queda asombrado por la inmensidad del horizonte y la tonalidad del cielo reflejado en su orilla. No pudimos evitar las fotos pertinentes, como buenos turistas, aunque a veces se nos olvide nuestra condición; luego bajamos a instalarnos entre las dunas de una playa límpida y virgen.

No sé qué sintieron mis compañeros, pero recuerdo que me descalcé y caminé dejando que mis pies se hundieran en la suave arena desértica, miré el mar de frente y dejé caer mi pesada mochila, en su caída sentí que me deshacía de mil mochilas más y entonces me dejé fondear con el horizonte.

El mar nos abrazó en un fuerte oleaje y nos recordó el kilometraje que cada uno lleva consigo. El sol fue cayendo poco a poco y nos detuvimos siguiendo de cerca su caída, el contraste de luces desde este lado del mundo. Luego, las conversaciones persistieron en una noche fría, bajo la musicalidad de una guitarra y las estrellas que tardaron en iluminar nuestro paraje.

Aquella noche, entre personas a las que acabas de conocer y bajo el resguardo de los sacos, nos sentimos más cerca de la tierra, más limpios en nuestra condición de hombres, y más niños en la configuración de eso que llamamos consciencia. Horas después amaneció entre el rugir silencioso de las olas… las estrellas también seguían allí.

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