El viacrucis de una venta ilegal


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En el mercado negro

“¿Qué busca, hermano?”, le pregunta con una sonrisa amable un comerciante a mi guía: “estoy interesado en huevos de iguanas”. “Fresco, hermano, 12 mil barritas y te la traigo ahorita. ¿También quieres la iguana?” Asentimos con la cabeza. “Pásate en la tarde que yo mando ahora a los pelaitos y me la traen enseguida, 30 barras, y dame dos mil para que vayan trabajando”. Esperamos que fuera por los huevos, trajo de dos tipos: secos y blandos. “Guárdalo que no puedes ir con eso por la calle”. Mientras cerrábamos negociaciones con el vendedor, divisé un mico aullador en el bolso de una señora.

Eran las 9:12 a.m. cuando llegué al Paseo Bolívar. Allí esperaba a mi acompañante mientras disfrutaba de un mañanero jugo de zapote. Debido a la carencia aún con los dialectos costeños y la evidencia de mis extranjeras costumbres y facciones, concretamente española, decidí acordar el paseo con un amigo conocedor de todos los suburbios del mercado de la treinta (o Calle de Las Vacas).

Comenzamos a caminar cuando quedé realmente llena y aproveché para entregarle el resto de mi bebida a un señor que aguarda en el piso, medio desnutrido, a la caridad de los viandantes. Conforme bajábamos, el bullicio se hacía más agudo, el desorden brotaba por las esquinas, los carritos irrumpían por mitad de la calle y las frutas, verduras, legumbres y demás utensilios hacían el decoro de un escaparate donde encontrar lo impensable.

El olor se intensificaba. El agua estancada se evaporaba por la intensidad del sol y rociaba la calle de un aroma putrefacto, los residuos de basura se amontonaban como costras inamovibles en el piso, y la suciedad, el ruido y los indigentes conformaban un microuniverso degradante en cuanto a carencia de recursos.
Me adentré por diversos pasadizos donde pude ver y encontrar de todo; es la particularidad del mercado negro. Desde celulares, piernas ortopédicas, cuadernos infantiles, antigüedades… hasta piezas para el carro o prendas a medida. Todo un bazar del contrabando donde el mercado usurero se practica sin tintes ni maquillados.

Primero llegué a las aves y mamíferos. Todos encerrados y abarrotando el escuálido espacio de las jaulas. Conejos, periquitos, canarios, loros, patos, gallinas, ocas…, muchos enfermos, otros sufriendo la agonía de una exposición mercantil. Hice de tripas para dentro… aún había más.

“A uno y medio te lo dejo. ¿Qué buscabas?”, le pregunta a mi acompañante, quien le responde: “Iguanas”. Yo me limitaba a observar. Enseguida se nos acercaron curiosos y nos rodearon en misión de vender o chismosear qué pretendíamos allá. “Acabo de vender un caporo (el macho de la iguana), mijo, vente mañana que yo te la consigo. Mando al pelao por ella”. “No, gracias, ya tenemos vendedor”.

Cuando nos íbamos nos llamaron para mostrarnos lo que acaban de traer. Dos pájaros exóticos trataban de respirar a través de boquetes en una minúscula caja de cartón. “A 20 mil barritas, amigo, y te encimo la iguana”. Finalmente salimos; mientras, atrás seguía creciendo la variedad de especies que entraban y nutrían su tráfico ilegal.

AQUÍ SE MUEVEN MILLONES

Actualmente unas 360 especies se encuentran amenazadas debido al tráfico y comercio ilegal. Aunque no se tienen las cifras exactas de la magnitud de este mercado dentro de la biodiversidad nacional, la CRA (Corporación Autónoma Regional del Atlántico) sustenta que el año pasado fueron decomisados un total de 1.239 animales, incluyendo aves, mamíferos y reptiles, lo que supone 3.052 menos que el 2011.

En lo que va de este año se han incautado un total de 1.031 especies: 55 tipos de aves y 12 mamíferos, a lo que se le suma 964 reptiles, que incluye 250 pieles decomisadas, 190 huevos de iguana y 60 de hicoteas, además de 35 piezas de carnes.

Entre las especies que están en mayor peligrosidad se encuentran 112 clase de aves, sobre todo guacamayas, loros, cotorras y pericos “debido a sus llamativos colores y comportamiento social, aunque también son tenidos en cuenta como mascotas por su agradable canto”, comenta Joe García, de la CRA. La amenaza también transciende a 45 tipos de mamíferos diferentes, 25 reptiles y 48 anfibios.

Según datos obtenidos por la CRA, a pesar de que “el grupo de los reptiles es el de mayor número de individuos decomisados, las aves representan el mayor número de especies confiscadas”. Las cifras no solo son alarmantes sino que preocupan al desarrollo futuro de la especies en el lugar. “Los animales no solo se usan como mascotas, sino para el consumo humano o la venta industrial de pieles para bolsos o utensilios”, añade un funcionario.

Durante la Semana Santa, muchos católicos, cumpliendo con la tradición de la Cuaresma, deciden no comer carne de res, pollo, ni cerdo, y optan en su lugar por el pescado y otras viandas como la carne de tortuga o los huevos de iguana, desconociendo que estas prácticas ponen en peligro la subsistencia de estas especies. “A las iguanas las abren vivas para sacarles los huevos y luego las cosen con alambres, dejándolas estériles”.

Por otro lado, la CRA sigue llamando la atención para que se remplacen la palma de cera del Domingo de Ramos, por árboles, maderables y frutales, provenientes de los viveros con los que cuenta la Corporación, ya que esas costumbres ponen en peligro el desarrollo de loros y pericos que habitan donde ella se cultiva. Desde enero, se han decomisado 2.500 palmas en el Departamento.

EL OPERATIVO

Actualmente unas ún llevo los ojos medio cerrados cuando tomo el taxi y me dirijo a las oficinas de EL HERALDO, allí he quedado con el conductor a las 4 a.m. Deambulo por la ciudad mientras esta duerme bajo el silencio de las estrellas. Al bullicio comercial que se forma en la 72 todavía le quedan unas horas de tranquilidad. Muchos otros, como yo, pero ajenos a mi mirada, aprovechan la noche para rebuscar en las basuras, descansar en la calzada o vigilar las calles.

El carro se demora en llegar. La rotativa ya ha lanzado su primera tirada de periódicos y los empleados se preparan para la distribución. A las 4:18 a.m. salimos hacia Soledad, allí recogeremos a los funcionarios que nos acompañarán.

“¿Cómo va la captura de animales?”, pregunto tras la respectiva presentación. “¡Buena!, ayer cogimos siete hicoteas y el tipo está preso. Esta semana está siendo muy movida”. Después de esperar y perdernos en el intento de localizar a otro de los acompañantes, nos encontramos con la Policía de Protección Ambiental. En ambos carros salimos hacia el puente de Calamar, allí se desplegaría el operativo.

“Normalmente salen en las horas pico: o muy temprano, o a mediodía, cuando saben que la Policía está comiendo”. Eran las 6 a.m. cuando paramos un camión que transportaba madera. “Debe tener licencia para poder transportarla. Solo se puede vender si ayudan a la replantación”, explica uno de los funcionarios de la CRA.

Comprobado que todo estaba en orden, comenzaron a parar carros a la entrada de Barranquilla para registrar su interior. La mañana comienza tranquila. Una camioneta Van lleva una caja con boquetes en su interior. Uno de los pasajeros se baja, tira al suelo las sobras plásticas de un jugo y dice con cinismo: “eso es ser buen ciudadano”; la Policía Ambiental no tarda en hacer que lo recoja.

Falsa alarma, en la caja había una gallina. Pedida la documentación, siguieron su curso. “Hay que registrar los buses, son los que van cargados”, le dice un funcionario al policía. La primera buseta en parar abre los baúles, lleva algunas cajas. La primera transporta bagres: “no superan el tamaño mínimo permitido, eso es una multa”, al joven le cambia la cara. Entre los pescados hay una bolsa: “¿qué llevas ahí?”. No contesta.

La bolsa queda decomisada, en ella hay cinco tortugas cortadas en pedazos. El funcionario busca las cabezas para llevar la cuenta. “¿Qué hacéis ahora con eso?”, pregunto mientras pienso si realmente tengo ganas de desayunar: “Lo enterramos, pero cuando están vivas las llevamos al criadero para luego soltarlas”.

Minutos después, dos motocicletas con parrillas llenas de neveras descienden del puente. Unos conductores de mototaxi que esperan en el andén les avisan del registro y en seguida dan la vuelta para Santa Lucía. Comenzamos la persecución.

El furgón casi arrolla la moto que no quería parar. Tras una breve revisión, estaba todo en orden. No entendí por qué huían. Volvimos al mismo punto. Una patrulla motorizada procedente de Suan paró a nuestro lado, les hicieron algunas preguntas a los responsables del operativo y luego se marcharon despacio. Después, la mañana siguió tranquila.

Tras una jornada despejada, me llevaron al criadero donde procedieron a soltar una de las iguanas. Un desayuno de patilla de kilo y medio después nos despedimos; ellos, hasta el próximo operativo; yo, hasta la próxima crónica.

Publicado el 30 de marzo de 2013 en: Revista Latitud

Tras una investigación sobre el tráfico de mercado negro. Todo lo descrito en la crónica es real.

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