Grito de aire


Parece que respiro. Es como un leve susurro que recorre mis pulmones y hormiguea en mi boca humedeciendo el aire al salir. Entreabro mis labios y como si absorbiera de golpe una calada en una sola inhalación ensancho mi pecho con la atmósfera. Sí, respiro.

Hacía tiempo no sentía la brisa fluctuar por mi articulaciones; hacía tiempo no enjuagaba mi alma de oxígeno foráneo. Hacía tiempo que ni si quiera me levantaba de la horda escalofriante, del subsuelo ensombrecido. Las raíces eran enredaderas de asfixia y esposas de acero incendiario. La oscuridad amordazaba mis palabras y el grito acabó siendo espera de otro, codicia de veneno.

Pesaban sobre mí las noches, también las horas, también los recuerdos. Pesaba el frío, la cordura, la búsqueda y salida de un entresijo malintencionado. El miedo recorría los rincones de mis virginales emociones, absorbía el jugo de mis infantes pasiones, se lucraba de la inerte expresión ambiciosa y culpaba los desechos de cada acción dormida.

La muerte era inminente. La demencia la única salida. Las voces irrumpían con frecuencia los silencios buscados. Arrojaban alaridos rugientes, putrefactos en su llegada. Por entonces no respiraba. El leve ruido que a oscuras y a solas escuchaba era gemido. El golpe que fruncía a cada instante mi pecho, era un cúmulo de disparos; uno tras otro.

Mi cuerpo se confundía con  las arenas del desierto, se hacía de escamas, se enyesaba de tormento. Un tríptico opaco, consumido por la asfixia de no reír, de no abrazarse a los soplos pasajeros.

Pero el aire llega, y uno no sabe si estará preparado para hacerlo suyo. De repente las ataduras cedieron. Mi pecho se abría vacilante, inspiraba a través de los huesos, los poros lucían libertad de vida, bebían segundos de tiempo.

Un oleaje dio salida a la ensombrecida retentiva, cubrió de mar la memoria traicionera. Abrigó de savia la circulación de un nuevo comienzo. Parece que respiro; y con ese aire camino y siento. Las ciudades visten de color los ventanales y arropan los paseos de cada tarde, cobijan el ruido de una soledad encontrada.

La gente cubre de aromas e historias las aceras cuando desciendo de mis islas, y abanican susurros de vivencias que despiertan ensoñaciones insólitas. De las profundidades emanan unas alas voraces y a la superficie resurge como una erupción incontrolada, el melódico estruendo de un grito de aire.

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