Richard Wagner, dos siglos después


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Cumple el bicentenario del poeta, ensayista, director de orquesta y compositor Richard Wagner.

Wagner es conocido más por sus insignes obras que por su turbulenta vida. Muchas son las especulaciones y anécdotas en torno a su carácter, su relación con el rey Luis II o su trayectoria marcada por el nazismo alemán.

Sin embargo, el compositor, doscientos años después, sigue liderando una de las corrientes más importantes e influyentes en la música clásica con innumerables asociaciones alrededor del mundo.

Conocido por su magistrales obras donde prima los largos parlamentos cantados, Wagner siempre ha mantenido un público selecto y bien educado musicalmente, aunque desde que lo descubriera Luis II a mediados del siglo XIX, la industria elitista de la época explotó su potencial, y aún no ha dejado de hacerlo; primando como uno de los hitos imprescindible entre los sabedores de la cultura operística y constando entre las obras destacadas en la programación de los grandes y consagrados teatros del mundo.

Sus inicios

Noveno hijo de una modesta familia en Leipzig (Confederación del Rin), actual Alemania, dio sus primeros pasos en el teatro. La muerte temprana de su padre por tifus propició que su madre, Johanna Rosine, se casara con el dramaturgo Ludgin Geyer.

dibujo-wagner-vanityDesde joven se acercaría a la música. Se aventuró con una tragedia influida por escritores como Shakespiere o Goethe, titulada Leubald, pero acabó inclinándose por la composición sonora después de oír a autores como Beethoven, Gewandhaus o Mozart.

Continuo sus estudios en la Universidad de Leipzig, después fue asumiendo diversos trabajos como director musical. A sus 20 años compuso su primera ópera, ‘Las Hadas’, inspirada en la composición del romántico alemán Carl Maria von Weber, aunque no fue interpretada hasta poco antes de su muerte.

Se casó con la actriz Christine Wilhelmine ‘Minna’, y tras el fracaso del estreno de la ópera de ‘La prohibición de amar’ en el teatro de Magdeburgo, se fue a Londres endeudado y huyendo de los acreedores.

La estancia lejos de su tierra natal, despertaron en él anhelos y recuerdos por su lugar de origen, y decidió regresar para instalarse en Dresde. Comienza a despuntarse su éxito con ‘El holandés errante’ y años después ‘Tannhaüser’, le darán la reputación para continuar.

Su implicación en la política lo llevó a huir de Dresde y estuvo exiliado durante doce años.

En el exilio

Su ideología siempre estuvo muy señalada y cuestionada por la sociedad alemana. En sus inicios despuntó cierta simpatía por el anarquismo y el socialismo y estuvo muy apegado a ideas revolucionarias. Durante el alzamiento de mayo en Dresde, compartió barricada con Bakunin y aquello, le obligó a salir del país quedando censurado por largo tiempo.

En el exilio compuso gran parte de sus obras, entre ellas, ‘Las Valquirias y ‘El  oro del Rin’, que completaban el ciclo del ‘El anillo del nibelungo’. Se aventuró con el género ensayístico publicando ‘La obra de arte del futuro’, donde describe a la obra como un arte total “Gesamtkunstwerk”, le sigue el polémico ensayo contra la raza judía, y más concretamente contra los compositores enemigos de su tiempo: ‘El judaísmo en la música’, esa obra le costó la acusación vigente todavía de su relación con el antisemitismo y el nazismo.

Se enamoró de la poeta y escritora, Mathilde Wasendonck, casada con el patrón que le ofreció trabajo. Aunque ella correspondía los sentimientos del compositor, nunca arriesgó su matrimonio y durante los cinco años que duró ese idilio, Wagner compuso ‘Tristán e Isolda’.

Mientras tanto, el compositor estaba en absoluta decadencia. Su esposa le interceptó una de las cartas a Mathilde y se separó de él, sus obras no triunfaron y sus deudas económicas lo tenían completamente absorbido en la miseria.

El giro que Luis II le dio a su carrera

No fue hasta 1864 cuando Luis II de Baviera accedió al trono con apenas 18 años. Este joven de sangre azul admiraba las obras de Wagner desde la infancia y decidió pagar todas las deudas del compositor, dejándolo libre para que pudiese seguir creando. Cuando leyó el libreto de la triología inconclusa de ‘El anillo del nibelungo’ se propuso ser patrocinador de Wagner sacándolo así del olvido al que había sido condenado.

El rey puso a disposición de Wagner una villa campestre en el castillo de Berg para estar cerca de él. Su relación fue muy íntima aunque se conoce que Wagner nunca contribuyó a la homosexualidad reprimida de Luis II. El rey fue muy criticado por gastarse el dinero público en pagar los gastos y excesos del compositor; además, el encuentro amoroso de Wagner con la esposa del director de su obra, 24 años más joven que él, y que acabaría siendo esposa y madre de sus dos hijos, escandalizó a los bávaros quienes le exigieron al Rey que lo expulsaran de la ciudad.

Festival del Bayreuth

El rey sin embargo, siguió ayudando al compositor en la realización de estrenos. Wagner volvió a retomar durante los siguientes 25 años de su vida el ciclo de cuatro óperas conocido como ‘El anillo del nibelungo’, un libreto exquisito que acabaría teniendo una duración de 16 horas, y que había deteniendo años atrás.

En 1871 Wagner se trasladó con su familia a Bayreuth y allí comenzaron a ubicar el nuevo teatro de ópera, aunque los fondos resultaron insuficientes. El rey deseoso de ver acabada la obra realizó una cuantiosa donación permitiendo que cinco años después se estrenara el esperado ciclo, que hoy es uno de los festivales más reconocidos del mundo. En el bicentenario están haciendo preparativos para festejar con 16 horas de ópera.

Últimos suspiros

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Una vez terminado el primer festival de Bayreuth, Wagner se dispuso a componer su última pieza, ‘Parsifal’, que le llevó los próximos años de su ya agónica vida. En 1882, completada la obra, tuvo lugar el segundo Festival, aunque la enfermedad que acogía su cuerpo le iban marcando una desafiante cuenta atrás.

Fue durante la decimosexta y última representación de ‘Parsifal’ cuando entró en la orquesta, tomó la batuta del director Herman Levi, polémico entre las esferas más racistas de la sociedad alemana por ser judío, y dirigió la representación hasta el final.

Luego se trasladó a Venecia donde sufrió, en febrero del 83, una crisis cardíaca cerrándole para siempre los ojos, aunque cediéndole la inmortalidad de un genio musical.

Relación con el nazismo

La polémica que acoge al compositor en torno a su visión antisemita tuvo que ver por el cambio de discurso que tomó al final de sus años. Abandonó las tendencias socialistas y se inclinó más por el cristianismo e incluso defendió la monarquía absoluta.

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Cuando publicó ‘El judaísmo en la música’, primero bajo un seudónimo, luego con su nombre, dejó de manifiesto su odio hacia la comunidad judía. Sin embargo, esa antipatía hacia esa raza siempre tuvo más que ver con el triunfo de sus contemporáneos Mendelsshon y Meyebeer.

A Wagner se le reconoce por antisemita en la teoría, más no en la práctica. Las relaciones con el nazismo llegaron después con el fortalecimiento de esta idea impulsado por los círculos familiares. A la muerte del músico, su viuda Cosima convirtió al festival en una cita de las élites nacionalistas y antisemitas del imperio alemán. Su hija Eva se casó con el escritor británico Houston Stewart Chamberlain, un defensor de tesis racistas y antisemitas que conoció a Hitler en 1923.

Pero especialmente la esposa de su hijo Siegfried, Winifred, quien dirigió el festival desde la muerte de su marido en 1930, hasta la Segunda Guerra Mundial, tuvo estrecha cercanía con el dictador, a quien bautizó como “el tío Wolf”.

A su vez, Adolf Hitler conocía bien la obra del compositor y se apropió de la mitología wagneriana para su propia ideología nacionalista designándola como “la mayor figura profética del pueblo alemán”.

La música de Wagner sonó en las legendarias marchas de partido nazi, en discursos y los festivales se convirtieron en una especie de propaganda para la causa nacionalsocialista.

Una vez finalizada la guerra, los descendientes trataron de borrar todo rastro nazi que tuviese que ver con el festival y ocultaron la documentación de esos años por petición de la familia.

Entre enemigos

Oscar Wilde afirmaba que la grandeza de un artista podía medirse por la cantidad de enemigos. Es por eso que se puede reconocer en los adversario de Wagner, la genialidad de este compositor.

Entre sus enemigos siempre estuvieron los compositores judíos Mendelsshon y Meyebeer. En 1864 a petición de Luis II, comienza a escribir su vida ‘Mein Leben’, un año después le dan la noticia de la muerte de uno de sus mayores adversarios y aquello lleva al compositor a concluir con una triunfante nota de exaltación de la muerte de su supuesto enemigo.

Wagner también mantuvo una estrecha relación con el filósofo Nietzsche ya que fue el corrector de textos de su ejemplar. Sin embargo, la relación desenlazó en una confrontación violenta.

El compositor francés, Claude Debussy, fue otro wegneriano que reconoció su pecado de juventud al afirmar que Wagner era una puesta de son que muchos confundieron con el amanecer.

Igor Stravinsky, compositor ruso, también achacó el estilo de Wagner dotándola de una incapacidad crónica para poseer una identidad bien definida.

En aquella época, la vida musical alemana estaba dividida en dos facciones: por un lado, los seguidores de Wagner y por otro, los de Johannes Brahms, pianista y compositor alemán del romanticismo. Aquella fragmentación de público irritaba al excéntrico compositor.

El mayor crítico de música del siglo XIX, Eduard Hanslick, también construyó una pormenorizada y demoledora crítica a la estética del compositor. Aquellas ataques fueron respondidas por Wagner inspirándose en él para el personaje de Beckmesser en ‘Los maestros cantores’.

Lo que Wagner ignoraba es que bajo las cruentas y repetidas diatribas de sus desertores, estaba la admiración y la cómplice mirada de unos enemigos expectantes de su máxima grandeza.

Publicado el 22 de mayo de 2013, día del bicentenario de Richard Wagner, en: Lachachara.co 

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